Segunda novela de Bukowski, publicada en 1975.
En otros tiempos leí mucho a Bukowski, aunque últimamente no lo frecuento. Quizá sea el momento de dedicarle unas líneas.
Charles Bukowski fue un poeta y novelista norteamericano nacido en el periodo de entreguerras en Alemania, aunque a los pocos años su familia emigró a EEUU.
Como tantos otros, la infancia del joven Bukowski estuvo marcada por un padre violento, una familia desestructurada, la penuria económica, el desarraigo social y el alcoholismo. Quizá por ello, como tantos otros, Bukowski encontró refugio en diversas actividades más o menos autodestructivas: el alcohol, el juego o las apuestas. Pero a diferencia de los demás, Bukowski tenía algo que lo hacía único: la pasión por la escritura.
Eso no le salvo, desde luego, de llevar una vida difícil, pero al menos pudo disfrutar sin freno de algunas cosas que, si bien no suelen solucionar ningún problema, y menos aquellos que quien tiene no quiere resolver, al menos le alegraban la existencia: fama, dinero y sexo.
Bukowski escribió montones de novelas, relatos cortos y poesía. Con el paso de las décadas se convirtió en personaje de culto y uno de los máximos exponentes de eso que se ha llamado realismo sucio.
¿Que podríamos decir de su prosa? Es ágil, directa, obscena y violenta. Técnicamente poco sofisticada, pero precisa, sin concesiones. Utilizando una muy manida metáfora diríamos que Bukowski escribía a puñetazos.
¿Y que decir de sus temas? Limitados, pero de interés para muchos seres humanos: el sexo, el alcohol, el juego, el amor y el vacío existencial.
En esta novela autobiográfica, Henry Chinaski, alter ego de Bukowski, malvive en las cercanías de Los Ángeles. De pensión de mala muerte en pensión de mala muerte, de trabajo de mierda en trabajo de mierda, de borrachera en borrachera, de mujer autodestructiva en mujer autodestructiva... Escribiendo relatos que las editoriales rechazan sin piedad.
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lunes, 2 de diciembre de 2019
lunes, 10 de junio de 2013
Los terroristas, Maj Sjowall y Per Wahloo
Llevaba yo unos años ya un poco triste y apenado porque había agotado el amplio yacimiento Wallander y no me quedaba ninguna de sus novelas por leer. Recuerdo el sentimiento de estar consumiendo algo valioso, irreemplazable y cercano a su agotamiento que tenía leyendo sus últimas novelas. Algo parecido a aproximarse a la certeza de que ya no te queda ningún Dostoievski o ningún Dickens por leer.
Afortunadamente, éste, todavía no es el caso. Y siendo justos en la comparación releer a Dostoievski o Dickens es mejor que leerlos por primera vez, porque, como grandes clásicos que son, nunca se agotan. Por buenas que sean las novelas del Inspector Wallander, estamos hablando de otra cosa.
Pero vamos a lo que vamos. En mi estado de ligero desamparo más arriba explicado, me encuentro con una novela de esos escritores suecos, émulos del gran Mankell, que tanto pululan por nuestras librerías. El autor es Sjowall Wahloo y la novela se titula Los terroristas. Poco después descubro que Sjowall Wahloo no es un señor o señora de nombre Sjowall y apellido Wahloo, sino una pareja de periodistas suecos: Maj Sjowall ella y Per Wahloo él.
Me pongo con la novela, protagonizada por el Inspector Martin Beck. A las pocas páginas los ecos y resonancias entre Beck y Wallander son claramente perceptibles. Es más, incluso la reflexión política/social/ideológica que la novela alimenta a lo largo de su desarrollo coincide con aquellas que el poso que las novelas de Wallander te acaban dejando tras su lectura te provocan. La sorpresa mayúscula viene cuando descubro que las novelas del inspector Beck fueron escritas entre 1965 y 1975, mientras que las de mi adorado inspector Wallander lo fueron entre 1991 y 2009. Así que lo que en un principio me pareció una muy buena imitación y/o secuela de Wallander, ha resultado ser el referente de toda la abundantísima novela negra sueca actual.
En los años en los que esta novela fue escrita, a mediados de la década de los 70 la democracia sueca, además de ser modelo a imitar por cualquier país con aspiraciones socialdemócratas, todavía disfrutaba de un estado del bienestar sólido y sin fisuras. Por este motivo llama la atención que, ya entonces, Sjowall y Wahloo fueran capaces de vislumbrar, y poner negro sobre blanco, aunque sea en una obra de ficción, los grandes problemas que pondrían al estado del bienestar contra las cuerdas cuatro décadas más tarde. Quizá su militancia política comunista les ayudaba, o les obligaba, a ver debilidades inherentes al sistema que entonces no estaban a la vista para casi nadie.
La novela, con argumento sencillo, está muy bien escrita. Los personajes y situaciones son muy creíbles y tras la lectura no puedo menos que felicitarme al pensar que me quedan por delante nueve historias más del Inspector Beck.
Afortunadamente, éste, todavía no es el caso. Y siendo justos en la comparación releer a Dostoievski o Dickens es mejor que leerlos por primera vez, porque, como grandes clásicos que son, nunca se agotan. Por buenas que sean las novelas del Inspector Wallander, estamos hablando de otra cosa.
Pero vamos a lo que vamos. En mi estado de ligero desamparo más arriba explicado, me encuentro con una novela de esos escritores suecos, émulos del gran Mankell, que tanto pululan por nuestras librerías. El autor es Sjowall Wahloo y la novela se titula Los terroristas. Poco después descubro que Sjowall Wahloo no es un señor o señora de nombre Sjowall y apellido Wahloo, sino una pareja de periodistas suecos: Maj Sjowall ella y Per Wahloo él.
Me pongo con la novela, protagonizada por el Inspector Martin Beck. A las pocas páginas los ecos y resonancias entre Beck y Wallander son claramente perceptibles. Es más, incluso la reflexión política/social/ideológica que la novela alimenta a lo largo de su desarrollo coincide con aquellas que el poso que las novelas de Wallander te acaban dejando tras su lectura te provocan. La sorpresa mayúscula viene cuando descubro que las novelas del inspector Beck fueron escritas entre 1965 y 1975, mientras que las de mi adorado inspector Wallander lo fueron entre 1991 y 2009. Así que lo que en un principio me pareció una muy buena imitación y/o secuela de Wallander, ha resultado ser el referente de toda la abundantísima novela negra sueca actual.
En los años en los que esta novela fue escrita, a mediados de la década de los 70 la democracia sueca, además de ser modelo a imitar por cualquier país con aspiraciones socialdemócratas, todavía disfrutaba de un estado del bienestar sólido y sin fisuras. Por este motivo llama la atención que, ya entonces, Sjowall y Wahloo fueran capaces de vislumbrar, y poner negro sobre blanco, aunque sea en una obra de ficción, los grandes problemas que pondrían al estado del bienestar contra las cuerdas cuatro décadas más tarde. Quizá su militancia política comunista les ayudaba, o les obligaba, a ver debilidades inherentes al sistema que entonces no estaban a la vista para casi nadie.
La novela, con argumento sencillo, está muy bien escrita. Los personajes y situaciones son muy creíbles y tras la lectura no puedo menos que felicitarme al pensar que me quedan por delante nueve historias más del Inspector Beck.
