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jueves, 21 de octubre de 2021

El periodista deportivo, Richard Ford

Ya leí El periodista deportivo hace unos años, ver aquí. No me gusto. Pero vuelvo. La unanimidad del reconocimiento a su trilogía me obliga a darle otra oportunidad.

A veces no sabes si estás ante una novela, un tratado filosófico, un manual de autoayuda o un folleto propagandístico del medio oeste americano.

En la novela, pasar, lo que se dice pasar, no pasa mucho: la visita a la tumba de Ralph, el hijo muerto, en compañía de su exesposa, la jornada de pesca con el club de divorciados y la cena de pascua en compañía de la familia de su novia Vicky Arcenault.

Y poco más.

Bascombe es un hombre a  merced de los acontecimientos. No es que no pueda tomar las riendas de su vida, es que renuncia a hacerlo. Se siente a gusto meciéndose entre las suaves olas del destino.

Bascombe  no es feliz. Sus problemas, como los de casi todos, no tienen que ver con el dinero.

Quizá el mayor valor de la novela es el detalle con el que Ford desentraña sus pensamientos y su visión del mundo, en especial de las relaciones humanas, que tiene FB, y que en cierto modo, Ford convierte en paradigma de la normalidad. Puro Babbit.

miércoles, 30 de marzo de 2016

El periodista deportivo, Richard Ford

Las novelas de Richard Ford, tan reconocidas por público y crítica, no me enganchan.

No están mal. Se van leyendo, pero no consigo quedarme pillado.

El Periodista Deportivo es la primera de ellas. Aquí aparece Frank Bascombe por vez primera.

Quién es Bascomb? Por qué se ha convertido en billete a la fama para Ford? No lo se.

Podríamos decir que es un hombre de mediana edad, en medio de una crisis existencial desatada por la muerte de su hijo adolescente, divorciado de su todavía querida exmujer, y que tras hacer un intento de dedicarse a la literatura con mayúsculas, la novela, ha decidido dedicarse a la literatura con minúsculas, el periodismo deportivo, que le parece más fácil, le mola más y saca más pasta.

Y que más? Poco más. El hombre intenta rehacer su vida.
Estamos ante un hombre normal, en su normalidad máxima. Pero sin la brillantez literaria de, por poner un solo ejemplo, Sinclair Lewis y su Babbitt.

Nada del otro mundo, vamos.