Otra gran novela de Austen. Casi una novela sentimental.
Fanny Price, la sobrinita pobre, por azares del destino llega a Mansfield Park, la mansión de sus primos, los Bertram, ricos e influyentes.
Sir Thomas, el tio de Fanny, es exigente y de buen corazón, pero un tanto distante. Tom, el primogénito, es un calavera que dilapida la fortuna familiar. Edmund, el segundo, es un alma piadosa, recto y cariñoso, y será el auténtico apoyo de Fanny en Mansfield Park. María e Isabel, las otras dos primas, son frívolas y volubles, de poco ayuda para Fanny. Además de los principales, en la novela aparece un muy rico conjunto de secundarios que enriquecen la narración y le proporcionan un salto de calidad.
Fanny es despreciada desde el inicio. Su desprecio es el más doloroso: aquel que no es ni siquiera percibido por el que desprecia. Pero Fanny es una joya: responsable, cariñosa, confiada, agradecida,... Ni un solo pero se le puede hacer a su conducta. E inteligente. Gran problema.
Poco a poco, Fanny se va convirtiendo, por merito propio y demérito ajeno, en clave de bóveda de la estabilidad y felicidad familiar.
Si se le puede hacer un pero a las novelas de Austen es su excesiva unidad temática, estilística y argumental. Su mundo es muy reducido. El día a día de la mansión, las conversaciones con amigos y familiares, los paseos por la campiña, a pie o a caballo, los oficios dominicales, las crisis familiares, las bodas y noviazgos, el aumento o disminución de las rentas de sus protagonistas, los problemas con el servicio,...
Para muestra un botón: la presente narración se desarrolla en plenas guerras napoleónicas, pese a lo cual, ni una sola vez tales sucesos aparecen en la narración, ni siquiera de manera indirecta.
El mundo de Austen es inmutable. O lo parece.
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martes, 19 de septiembre de 2017
domingo, 21 de abril de 2013
Emma, Jane Austen
Continuando con Jane Austen, ahora toca Emma. Probablemente, su mayor creación.
En la entrada sobre Sentido y Sensibilidad ya me extendí sobre lo que la literatura de Austen me sugiere. En el caso de esta novela, Emma, probablemente las virtudes estilísticas de Austen llegan a su cima.
La novela nos cuenta las venturas y desventuras de su protagonista Emma Woodhouse. A la hora de caracterizar a Emma, es habitual hacerlo como jovencita rica o mimada. Yo creo que Emma es más bien una joven inteligente, sabedora de su inteligencia, consciente de su lugar en el mundo y decidida a ocupar ese lugar. Quizá el núcleo ideológico de la novela gravite en torno a la descripción de ese lugar en el mundo. Más bien, en la falta de debate en torno a cual debe ser ese lugar en el mundo.
Para Emma, y quizá para Austen, ese lugar es un lugar en que por encima de todo, están las apariencias y el sentido de comunidad, entendiendo por tal, el hacer exactamente aquello que la comunidad espera de ti.
En el caso de Emma, ella siente que una de sus responsabilidades es ayudar a cada joven, hombre o mujer, sin pareja, a encontrar un marido o mujer que le permita ocupar su lugar en la comunidad. Tan malo es apuntar alto como apuntar bajo. Emma no permitirá ninguna de las dos opciones.
El agumento de la novela recorre los diferentes malentendidos sentimentales que las intuiciones de Emma ocasionan. Como en las demás novelas de Austen, lo interesante no es lo que pasa, sino cómo Austen nos cuanta cómo los personajes sienten lo que pasa.
La galería de personajes memorables es amplia. Además de la propia Emma, mencionaré a su padre, Mr.Woodhouse, de un egoismo enternecedor, y Mr.Knightley, modelo ideal del caballero inglés, quizá un pelín cínico.
Algunos críticos indican que el punto débil de la novela es su final, en el cual Austen comete la debilidad de casar a Emma con Mr. Knightley, lo cual, en apariencia supone una renuncia de Emma a sus valores y puntos de vista. Para valorar este punto hay que tener en cuenta que los estudiosos suelen ver en Emma un trasunto de la propia Jane y en Mr.Knightley un compendio del hombre ideal según la propia Austen.
En conclusión, una novela de gran interés, que debe ser leída con atención para que la fina ironía de la autora no se nos pase por alto. Además, la única manera en la que el lector puede aproximarse a conocer los auténticos puntos de vista de Jane Austen es seguir la pista de sus comentarios irónicos, cuando no mordaces, hacía determinados personajes.
En la entrada sobre Sentido y Sensibilidad ya me extendí sobre lo que la literatura de Austen me sugiere. En el caso de esta novela, Emma, probablemente las virtudes estilísticas de Austen llegan a su cima.
La novela nos cuenta las venturas y desventuras de su protagonista Emma Woodhouse. A la hora de caracterizar a Emma, es habitual hacerlo como jovencita rica o mimada. Yo creo que Emma es más bien una joven inteligente, sabedora de su inteligencia, consciente de su lugar en el mundo y decidida a ocupar ese lugar. Quizá el núcleo ideológico de la novela gravite en torno a la descripción de ese lugar en el mundo. Más bien, en la falta de debate en torno a cual debe ser ese lugar en el mundo.
Para Emma, y quizá para Austen, ese lugar es un lugar en que por encima de todo, están las apariencias y el sentido de comunidad, entendiendo por tal, el hacer exactamente aquello que la comunidad espera de ti.
En el caso de Emma, ella siente que una de sus responsabilidades es ayudar a cada joven, hombre o mujer, sin pareja, a encontrar un marido o mujer que le permita ocupar su lugar en la comunidad. Tan malo es apuntar alto como apuntar bajo. Emma no permitirá ninguna de las dos opciones.
El agumento de la novela recorre los diferentes malentendidos sentimentales que las intuiciones de Emma ocasionan. Como en las demás novelas de Austen, lo interesante no es lo que pasa, sino cómo Austen nos cuanta cómo los personajes sienten lo que pasa.
La galería de personajes memorables es amplia. Además de la propia Emma, mencionaré a su padre, Mr.Woodhouse, de un egoismo enternecedor, y Mr.Knightley, modelo ideal del caballero inglés, quizá un pelín cínico.
Algunos críticos indican que el punto débil de la novela es su final, en el cual Austen comete la debilidad de casar a Emma con Mr. Knightley, lo cual, en apariencia supone una renuncia de Emma a sus valores y puntos de vista. Para valorar este punto hay que tener en cuenta que los estudiosos suelen ver en Emma un trasunto de la propia Jane y en Mr.Knightley un compendio del hombre ideal según la propia Austen.
En conclusión, una novela de gran interés, que debe ser leída con atención para que la fina ironía de la autora no se nos pase por alto. Además, la única manera en la que el lector puede aproximarse a conocer los auténticos puntos de vista de Jane Austen es seguir la pista de sus comentarios irónicos, cuando no mordaces, hacía determinados personajes.
sábado, 30 de marzo de 2013
Sentido y sensibilidad, Jane Austen
De vez en cuando, es necesario volver a los clásicos. En este caso, Austen y su Sentido y Sensibilidad.
Cualquier manual de literatura nos dirá, al abordar a Austen, que sus novelas, además de estar primorosamente escritas, se desarrollan en un ámbito muy reducido, tanto en lo geográfico como el lo temático. Y es que sus novelas, habitualmente discurren en torno a pequeños núcleos rurales ingleses y abordan únicamente cuestiones propias del desarrollo sentimental de sus protagonistas.
Esto puede parecer una crítica, pero el hecho es que, pese a lo anterior, las novelas de Austen son leídas con placer doscientos años después de sus escritura. Y ello, en mi opinión, no porque el lector se reconozca en alguna de sus heroínas protagonistas o en sus peripecias, sino porque sus novelas se disfrutan con los sentidos, como si fueran miniaturas exquisitamente pintadas, a la vez que el talento de su creadora apela a nuestra razón para su reconocimiento. Al fin y al cabo, aunque hubo escritoras de éxito antes que ella, Jane Austen fue la primera que unió a su éxito un indiscutible talento que le hizo pasar a la posteridad.
En esta novela, escrita cuando Jane, que murió muy joven, era todavía más joven, seguimos los amores y desamores de las hermanas Dashwood. Marianne, la mediana, todo ardor y temperamento, y Elionor, la mayor, más juiciosa y reposada. A veces es inevitable tener cierta sensación de folletín cuando leemos las conversaciones entre cualesquiera de sus personajes pero siempre son necesarias pocas páginas para encontrarnos en un pasaje en el que, sin nada extraordinario que narrar, Austen consigue emocionarnos con su talento y convencernos de que el mundo es un lugar más acogedor gracias a sus novelas.
Cualquier manual de literatura nos dirá, al abordar a Austen, que sus novelas, además de estar primorosamente escritas, se desarrollan en un ámbito muy reducido, tanto en lo geográfico como el lo temático. Y es que sus novelas, habitualmente discurren en torno a pequeños núcleos rurales ingleses y abordan únicamente cuestiones propias del desarrollo sentimental de sus protagonistas.
Esto puede parecer una crítica, pero el hecho es que, pese a lo anterior, las novelas de Austen son leídas con placer doscientos años después de sus escritura. Y ello, en mi opinión, no porque el lector se reconozca en alguna de sus heroínas protagonistas o en sus peripecias, sino porque sus novelas se disfrutan con los sentidos, como si fueran miniaturas exquisitamente pintadas, a la vez que el talento de su creadora apela a nuestra razón para su reconocimiento. Al fin y al cabo, aunque hubo escritoras de éxito antes que ella, Jane Austen fue la primera que unió a su éxito un indiscutible talento que le hizo pasar a la posteridad.
En esta novela, escrita cuando Jane, que murió muy joven, era todavía más joven, seguimos los amores y desamores de las hermanas Dashwood. Marianne, la mediana, todo ardor y temperamento, y Elionor, la mayor, más juiciosa y reposada. A veces es inevitable tener cierta sensación de folletín cuando leemos las conversaciones entre cualesquiera de sus personajes pero siempre son necesarias pocas páginas para encontrarnos en un pasaje en el que, sin nada extraordinario que narrar, Austen consigue emocionarnos con su talento y convencernos de que el mundo es un lugar más acogedor gracias a sus novelas.

