Nada que ver con las anteriores dos novelas.
Buena novela de aventuras con el trasfondo de las guerras carlistas.
Nada que ver con las anteriores dos novelas.
Buena novela de aventuras con el trasfondo de las guerras carlistas.
Segunda novela de La tierra vasca. Poco tiene que ver con la floja La casa de Aizgorri.
En cambio, aquí, en mi opinión estamos ante una gran novela.
Baroja nos pone en medio de un gran drama familiar: el choque entre dos hidalgos, hermanastros para más señas. Por un lado Ramiro, amoral y nietzscheano. Por otro Juan, tierno y triste. Y las mujeres de la familia como cómplices activas o pasivas.
La recreación de Labraz, ficticia pequeña ciudad de Álava, oscura, triste y moribunda, resulta magistral.
Baroja acostumbraba a agrupar sus novelas en grupos de manera más o menos arbitraria. Esta, su primera novela, se incluye en su trilogía-tetralogía La tierra vasca.
La casa de Aizgorri es una novela extraña. Breve, dialogada como obra de teatro, triste y apagada como la tierra vasca bajo la niebla.
Una pequeña historia familiar, enmarcada en los conflictos laborales y económicos que la modernidad plantea en una sociedad cerrada y construida sobre el respeto a las tradiciones.
Y al fondo, algunos de los temas y rasgos narrativos que Baroja hará suyos a lo largo de los años. Entre los primeros, la degeneración de la raza y el fatalismo. Entre los segundos, la agilidad y el dinamismo.
En cualquier caso, novela floja, según mi parecer. A veces da la impresión de ser poco más que un esbozo de novela.
Estos días me costaba encontrar algo realmente atractivo para leer. Y acabé aquí. De nuevo.
Casi tan entretenido como en la primera lectura.
Alfonso Zapico es un gran dibujante. Y sus novelas gráficas suelen ser gratas de leer.
En este caso, estamos ante una temática poco habitual en autores españoles.
Estamos en Budapest, 1947. El joven judío Yechezkel, acompañado por su madre, malvive de su violín. Ambos, tras recibir una carta de su tío desde Palestina, deciden cambiar de aires, abandonar todo y buscar una vida mejor.
Una vez en Palestina, las cosas no son fáciles. Los británicos están a punto de salir definitivamente de allí, y la difícil convivencia entre judíos y árabes se ve amenazada.
Poco a poco, todo se complica. Y aparece el amor, que todo lo ilumina.
Una historia un poco blandita, pero muy agradable de leer. Además, expresada por medio de unos hermosos dibujos.
Se echa en falta algo de color en la expresión gráfica.
El protagonista vaga por Kristiania, la actual Oslo, pasando penurias, mientras intenta colocar en periódicos y revistas sus textos. De vez en cuando lo consigue, pero eso no le permite dejar de pasar hambre y frío.
Estamos ante una especie de Quijote. Nuestro protagonista se mantiene firme en sus principios, pasa penurias sin fin, a veces se acerca al desvarío, entabla contacto con una joven con la que parece desarrollar una vaga relación física y se permite gestos de caballerosidad y orgullo impropios de alguien en su desesperada situación.
Su protagonismo en la historia rusa es difícilmente exagerable. La Rusia actual es, a partes iguales, herencia de Pedro el Grande, Catalina la Grande, los Soviets y Putin.